Mariel & Aarón

Sierra Gorda, Querétaro

Conozco a Mariel desde que tenía nueve años.
Es la amistad más antigua que conservo, así que cuando me contó que ella y Aarón planeaban escaparse a la Sierra Gorda para casarse, sentí una emoción difícil de explicar.

Mariel y Aarón

decidieron fugarse para casarse.
Solo ellos dos.

Sin invitados. Sin protocolo.

Sin un itinerario que marcara cada minuto del día.

La mañana comenzó en una cabaña escondida entre las montañas. Ahí escribieron sus votos, compartieron una copa de vino y se prepararon para el día que habían elegido construir juntos. Sin prisas, sin interrupciones, permitiéndose habitar cada momento. Fue una celebración íntima incluso antes de convertirse en ceremonia.

Eligieron un lugar donde la neblina acompaña los caminos, donde el tiempo parece avanzar más despacio. Ese día las montañas escucharon sus votos y el silencio guardó cada palabra.

Después nos dirigimos

hacia el paisaje

que lo cambiaría todo.

Y entre todo lo que ocurrió, hubo una conversación que todavía permanece conmigo. No fue preparada. No fue parte de una ceremonia. Simplemente sucedió.

—¿Y si te casaras

conmigo?

—Me estoy casando

contigo.

Una promesa construida lejos del ruido, una celebración que existe únicamente para quienes la viven. No hay escenario montado para otros; solo dos personas tomando una decisión importante frente a un paisaje que se convierte en testigo.